Por Bruno Cortés
Hay presidentes que gobiernan apagando incendios. Donald Trump parece haber encontrado una fórmula distinta: gobernar mientras prende más fogatas y después presumir que el humo demuestra que hay actividad.
La más reciente encuesta nacional de AtlasIntel ofrece una fotografía incómoda para la Casa Blanca. Casi seis de cada diez estadounidenses desaprueban el trabajo del presidente. La economía, que fue presentada como la joya de la corona del trumpismo, aparece ahora como el principal dolor de cabeza de millones de familias. La inflación sigue instalada en las conversaciones cotidianas, los precios continúan siendo motivo de preocupación y más de la mitad de los encuestados cree que la situación económica empeorará durante los próximos meses.
No es poca cosa. Trump llegó prometiendo una especie de milagro económico instantáneo: menos regulaciones, más producción energética, más empleos y una América nuevamente rica. Sin embargo, la percepción ciudadana parece acercarse más a la experiencia de quien compra un automóvil usado porque el vendedor juró que estaba impecable y descubre, ya en carretera, que el motor hace ruidos extraños, el tablero parpadea y una llanta está sostenida por la fe patriótica.
La encuesta revela algo todavía más preocupante para los republicanos. Cuando se pregunta quién ganaría hoy las elecciones para la Cámara de Representantes, los demócratas aparecen con una ventaja de más de 14 puntos. Es una distancia que en política suele activar alarmas, reuniones de emergencia y abundantes discursos donde se culpa a los medios, a los jueces, a los inmigrantes, a las universidades o a cualquier cosa disponible en el menú de enemigos de la semana.
Paradójicamente, el tema donde Trump apostó buena parte de su capital político tampoco está produciendo los dividendos esperados. La inmigración sigue siendo importante para los votantes, pero está lejos de superar las preocupaciones relacionadas con el bolsillo. Resulta difícil convencer a alguien de que la amenaza principal está en la frontera cuando acaba de pagar más por la gasolina, el supermercado y la renta.
La situación se vuelve todavía más interesante cuando se observan las opiniones sobre las políticas específicas del presidente. Los recortes gubernamentales, las guerras comerciales, las presiones sobre la Reserva Federal y varias de las medidas emblemáticas del trumpismo reciben más rechazos que apoyos. Es decir, buena parte del electorado no solamente desaprueba al capitán; también duda seriamente de la ruta que está siguiendo el barco.
Y mientras eso ocurre, Trump mantiene una habilidad extraordinaria para convertir cada problema en una batalla cultural. Si la economía preocupa, el debate gira hacia las universidades. Si los mercados se inquietan, aparece una nueva discusión sobre inmigración. Si los números de aprobación caen, surge una pelea con algún gobernador, un juez o una cadena de televisión. Es una estrategia conocida: cuando el motor falla, se sube el volumen de la radio.
Quizá el dato más revelador del estudio no sea económico ni electoral. Es la constatación de que Estados Unidos vive una polarización extrema. Más de siete de cada diez ciudadanos perciben un conflicto intenso entre personas de distintos partidos políticos. La política estadounidense ya no parece una competencia democrática tradicional; cada vez se asemeja más a un reality show donde los participantes están convencidos de que el otro equipo representa una amenaza existencial.
En ese contexto, Trump continúa siendo simultáneamente causa y producto del fenómeno. Su figura sigue movilizando a millones de seguidores, pero también genera niveles de rechazo que pocos políticos modernos han alcanzado. Para sus simpatizantes es un salvador perseguido. Para sus críticos, una fábrica ambulante de crisis. Para los encuestadores, una mina de oro estadística.
La pregunta de fondo es cuánto tiempo puede sostenerse una administración cuya principal fortaleza es mantener movilizada a su base mientras pierde terreno entre el resto de la población. Porque la política tiene una regla cruel: las elecciones no las gana quien grita más fuerte, sino quien consigue más votos.
Y hoy, según AtlasIntel, el ruido sigue siendo republicano, pero las cifras empiezan a hablar en demócrata.